Maternidad y Crianza

Historia de un aborto a las 12 semanas: mi pérdida gestacional

Nota: Este post lo escribí hace un año, cuando hacía poco que había sufrido una pérdida. Ahora lo publico, un año después, porque me veo con fuerzas para contarlo.

Febrero 2020

Esta entrada no es fácil de escribir. Nunca pensé que llegaría el día en qué tendría que explicar algo así. Nunca pensé que me tocaría a mi. Pero el caso es que toca, y más a menudo de lo que nos pensamos. Cuando cuentas a tu entorno qué te ha pasado, cuando cuentas que has tenido un aborto espontáneo, empiezan a salir historias de conocidas a las que les ha pasado. Y salen rápido, y por todas partes. Es más común de lo que creemos, y hay que hablar de ello, porque a mi me ha ayudado leer historias sobre mujeres que han pasado por lo mismo que yo. Así que hoy escribo esto, no para despertar pena ni compasión, sino para ayudar a quien sea que esté leyendo esto, que está teniendo un aborto.

Me quedé embarazada en diciembre de 2019 por tercera vez. Dos hijos, dos partos normales, dos embarazos algo complicados. Con mi primer hijo tuve una amenaza de parto prematuro a las 29 semanas y estuve de reposo absoluto hasta el final. Con mi segundo embarazo, le detectaron a mi hija una malformación a nivel cerebelar, y nos llevaron a alto riesgo obstétrico por segunda vez. Después de tres años y medio del nacimiento de mi hija y tras unas cuantas resonancias magnéticas, a mi hija le han diagnosticado un encefalocele, es decir, un defecto del tubo neural a nivel craneal. Su amniocentesis en el momento no dio ninguna anomalía cromosómica, así que el neurocirujano de Sant Joan de Déu cree que fue aleatorio. El caso es que de tres embarazos hasta el momento, ninguno ha sido un camino de rosas.

El tercer embarazo empezó tranquilo aunque con muchas náuseas. A la semana 7 fui a urgencias porque me encontraba muy mal, y me diagnosticaron una migraña con aura, aunque esta parte todavía no la tengo clara. Me hicieron una ecografía, estaba de 7+2 (aunque según mis cálculos, tendría que estar de 7+5 aproximadamente) y le escucharon el corazón. La ecografía me tranquilizó, aunque sigo pensado que en la seguridad social tendrían que hacer una ecografía de confirmación entre las 7 y las 8 semanas. Si me la hubiesen hecho, me habría ahorrado mucho sufrimiento.

A la semana 8, es decir, la semana siguiente, tenía mi primera visita con la comadrona. Ni ecografía, ni doppler, ni nada. Podría haber ido allí inventándome que estaba embarazada y habría malgastado 30 minutos de su vida. Me mandó análisis de sangre y orina y me fui a casa. La semana anterior había empezado a tomarme Cariban para las náuseas, pero alrededor de la semana 8 ya no tenía malestar. Creía que era por el Cariban. Probablemente, era porque el corazón de mi bebé ya había dejado de latir, pero eso no lo sabía todavía.

Pasaron 4 semanas más o menos tranquilas. Mi barriga no crecía como yo esperaba que lo hiciera, y más siendo el tercer embarazo, pero me decía a mi misma que podía ser perfectamente normal. No sentía náuseas, pero me decía a mi misma que podía ser perfectamente normal, porque me estaba tomando Cariban. Hacia la semana 11, dejé de tomármelo porque se terminó el paquete, y dejaron de molestarme en exceso los olores. Dejé de tener antojos brutales de fruta y verdura. Me vi capaz de comer cosas que antes no podía ni ver. En algún rincón de mi cuerpo, sabía que esto no era demasiado normal, pero siempre hay una parte de esperanza que quiere hacerte creer que todo va bien, que estaba teniendo suerte porque mis síntomas estaban mejorando.

A finales de la semana 11, empezó la pesadilla. Comencé a manchar marrón, muy poco, casi ni me habría dado cuenta la primera vez, si no fuera porque miraba casi con lupa el papel cada vez que iba al baño. Estuve un día manchando marrón, pero en todas partes decía que podía ser normal, que el color marrón significaba que era sangre antigua, y podían ser restos de una pequeña irritación cervical. Pero el día siguiente, cuando empezaba la semana 12, el manchado marrón se volvió rosado y empezaron unos ligeros cólicos abdominales, como dolores de regla muy flojos. Y ahí fue cuando me di cuenta de que esto ya no era normal, y que teníamos que ir a urgencias. Curiosamente, las tres horas que estuve en urgencias no sangré nada de nada, ni me dolió el abdomen. Nada. Y eso nos dio algo de esperanza. Siempre queda la maldita esperanza.

Finalmente, nos visitó la ginecóloga, que justo en el momento de empezar la ecografía lo vio claro. “¿Por qué no habéis venido antes?”, me dijo. Pues yo qué sé. ¿Por qué iba a venir, si no estaba notando nada raro? Giró la pantalla y me enseñó mi útero, que se veía vacío. O yo no supe ver nada. “Hay un embrioncito, que mide 7 semanas aproximadamente. No se corresponde con las 12 que tu me dices. Dejó de crecer hace tiempo.”

Es fácil imaginarse lo que sentimos en ese momento. Fue duro. Muy duro. Aunque no lloré hasta llegar a casa, porque estaba en estado de shock. Mi mente reaccionó de la forma más fría que supo, cortando de raiz todas las emociones que podría estar sintiendo en alguna parte de mí. Mantuve mi entereza como si me acabaran de decir que mañana llovería, y la ginecóloga preguntó qué quería hacer. Le dije que quería acabar con esto lo más pronto posible, así que me hizo volver la mañana siguiente a las 9 para practicarme un legrado.

Una vez en casa, lloré y grité y sentí todo el dolor que vino como un tsunami, y me golpeó muy fuerte. Lloré porque mi bebé se había ido pero todavía lo tenía dentro. Lloré porque no sabía qué decirles a mis hijos, que estaban muy emocionados con la idea de un hermanito. Lloré porque dolía, dolía mucho todo, me dolía el alma en un lugar muy profundo que no sabía identificar. Ahora, escribiendo esto, todavía lloro, aunque ya hace días que dejé de llorar cada dos por tres. Esa noche en casa tenía una migraña que no me dejaba vivir, así que me puse a dormir. Mis padres se llevaron a mis hijos a dormir con ellos y se lo agradecí hasta el infinito. No me veía capaz de afrontar el mundo. Todavía no.

La mañana siguiente, volvió mi coraza. Me duché, me vestí y cogí ropa por si me tenía que quedar ingresada en el caso de que algo fuera mal. Quién sabe. Ya no podía hacer planes, ya no podía predecir nada. Mi cuerpo me había traicionado, quizás lo volvería a hacer. Pero yo seguía con mi coraza, y andaba por la calle de camino al hospital como si no sintiera nada, bloqueando toda la mezcla de emociones que bombardeaba mi cuerpo a una velocidad espantosa. Miedo, rabia, enojo, dolor, desesperanza, enfado, ganas de romper todo lo que encontraba por el camino, ganas de decirle a la gente que no sonriera, que nada estaba bien, que por qué andaban por la calle como si nada estuviera pasando. Pero mi coraza no me dejaba llorar, y seguí andando con paso firme, cogida de la mano de mi marido, en un silencio profundo y absoluto. Ese camino hacia el hospital fue duro, pero yo seguía bloqueando mis sentimientos. Tenía que protegerme de alguna manera, porque lo que venía no iba a ser fácil.

Llegué a las 9:00 en punto de la mañana a admisiones, pero el hospital estaba colapsado y no había camas. A las 11:00 me prepararon una habitación y me puserion una vía con suero. A las 13:00, me dieron unas pastillas vía vaginal para empezar a dilatar el cuello del útero, y empezaron las pequeñas contracciones y los dolores de regla. Me dijeron que estas pastillas tardarían entre 2 y 4 horas en hacer efecto, y me horroricé. Sólo quería que aquello terminara ya. Pero a las 14:00 del mediodía me llevaron a quirófano.

La anestesista me preguntó si estaba en ayunas (sí, llevaba más de 24 horas sin comer, nada me apetecía, así que el ayuno fue fácil), y me dijo que entonces me dormiría del todo con sedante para que no me enterara de nada. Se lo agradecí muchísimo, y en unos 20 minutos me entraron a quirófano. Allí, me inyectaron el sedante por vía y no recuerdo ni el momento en el que me dormí. Sólo sé que me desperté en la sala de reanimación con alguien que gritaba mi nombre, y que me costaba mucho abrir los ojos.

Me dolía todo. Estaba teniendo un dolor que me recordaba a contracciones, las que se tienen después de parir cuando el útero se contrae, pero más contínuas, con picos más largos. Me dolía mucho y me dieron un sedante. Al cabo de poco, me bajaron a la habitación donde mi familia me esperaba. El dolor, físico y emocional, era muy fuerte, y pedí otro sedante.

Y allí, me rompí por segunda vez. Mi coraza estalló en un millón de pedazos. Lloré con un dolor profundo que me salía de dentro, de ese lugar de donde me habían arrancado a mi bebé sin vida. “Me lo han quitado”, les decía a mi madre y a mi marido. “Me lo han quitado de dentro, ya no está. ¿Por qué no está? ¿Por qué a mi?”

Lloré intermitentemente durante una hora. Odiaba el dolor que estaba sintiendo. Era el dolor que sentí tras mis dos partos, con mis bebés en brazos, oliéndolos, amamantándolos, pero esta vez no tenía bebé. Odiaba ese dolor, odiaba las contracciones, sólo quería que me las quitaran. En esa cama de hospital, me sentía como si hubiera parido, pero sin nada que cuidar, sin bebé para vestir, sin bebé para oler, sin bebé para mostrar.

Había llegado a la habitación a las 16:00 de la tarde, y sobre las 18:30 me trajeron comida, para ver cómo la toleraba. Me costaba comer porque me dolía muchísimo, así que al final me pusieron otro sedante por vena. Alrededor de las 20:00 de la tarde, el dolor disminuyó. Estuve sangrado mucho, aunque no tanto como después de un parto. La doctora nos preguntó qué queríamos hacer, ya que yo estaba muy floja y me retorcía del dolor. Nos dio la opción de pasar la noche allí, pero sabíamos que estaríamos mejor en casa, así que sobre las 21:00 de la noche nos dieron el alta. 12 horas en el hospital.

Me sentía muy floja y casi no podía andar, me fallaban las piernas, pero al llegar a casa y ponerme en la cama, ya casi no sentía dolor. Me levanté la mañana siguiente sangrando poco, sintiéndome todavía muy floja, pero sin rastro del dolor tan intenso que había sentido el día anterior. La ginecóloga me dijo que podía retomar mi vida normal cuando yo así lo sintiera, pero me explicó que probablemente en un par de días ya me sentiría bien, con fuerzas para seguir con la rutina.

Fuerzas sí, físicas, pero no mentales. El dolor y el sangrado se fueron muy pronto, y en un par de días ya ni manchaba de color marrón. Pero el dolor emocional hizo que volver a la rutina me costara mucho más. Ir a recoger a los niños al cole, enfrentarme a gente aparentemente feliz, riendo, preguntando qué tal estaba y qué tal me iba todo. Yo solo tenía ganas de llorar. Estuve unos tres o cuatro días así, con las gafas de sol, evitando a la gente, huyendo de los lugares públicos y escondiéndome todo lo que podía.

Al cabo de una semana, ya me vi con energía para volver a las clases de la universidad, que empezaron justo el día que yo tuve el aborto. Me vi con energía, pero me costó. Mi recuperación física fue muy rápida, y a los diez días después del legrado, la hormona HCG del embarazo ya casi era indetectable en un test. Tengo suerte que mi cuerpo es rápido recuperándose, y eso ayudó a mi mente a volver a coger fuerzas para seguir con la rutina, para volver a albergar esperanzas, para tomar decisiones respecto a próximas citas médicas y para investigar cuáles eran nuestras opciones a partir de ahora.

Ahora llevo unos meses con un gran desajuste hormonal, manchando a intervalos y a destiempo, aunque en las revisiones ginecológicas me aseguran que todo está bien. El dolor y el duelo vuelven de la forma más inesperada y me golpean como un tsunami. Puedo estar riendo de felicidad y un detonante de repente me hace estallar otra vez en mil pedazos. Me rompo, y pienso que todo esto es una verdadera mierda. Pero respiro hondo y me recompongo, porque no tengo más remedio. La montaña rusa de emociones que he vivido en seis meses es real, y me temo que seguirá durante un tiempo.

La recuperación no es igual para todas, y lo que más duele es hacer ver que no ha pasado nada, cuando en realidad por dentro estás pasando un duelo por la muerte de tu hijo/a. Mi bebé murió y se le paró el corazón. No sé todavía por qué, y probablemente nunca lo sabré, pero siempre lo llevaré conmigo, vaya donde vaya. He sido madre tres veces, aunque tenga un bebé estrellita que nadie más que yo pueda ver.

Nota un año después:

A día de hoy, puedo decir que el dolor más profundo ya pasó. Me costó un buen tiempo poder hablar de ello y, aunque ahora lo hago, a menudo me pongo a llorar. El llanto dura poco, porque el tiempo cura muchas cosas, aunque no te hace olvidar.

Hoy estoy embarazada de 28 semanas y me costó 6 meses quedarme embarazada después de una pérdida. Seis meses de pandemia, con una situación estresante y un desajuste hormonal muy fuerte. El aborto dejó a mi cuerpo y a mis hormonas muy tocados, pero por fin volví a ver un positivo en agosto.

El miedo después de una pérdida es terrible. Sangré los primeros meses debido a un hematoma subcoriónico, y cada sangrado era angustia, terror, dolor. Era agonizante. Y el miedo a que pase algo, a que se le pare el corazón, sigue ahí. Y seguirá hasta que nazca.

No será fácil, nada de todo esto nunca lo es. Pero hay esperanza, y hay luz, y sale el sol después de la tormenta. De verdad que sale. Aunque nunca más vuelva a haber un bebé. Si estás leyendo esto y estás pasando por una pérdida, te abrazo muy fuerte. No estás sola, somos muchas. Y si quieres hablar, aquí estoy.

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Bimadre de dos peques, amante de la fotografía y aprendiz de maestra.

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